Hay pocas cosas que asusten más a unos novios que pronóstico de lluvia el día de la boda. Y es aún peor cuando el pronóstico se cumple.

Aquel sábado por la mañana no había más que tormenta y nubes en el cielo. Recuerdo que al llegar a la casa del novio había un ambiente de preocupación y a la vez resignación. Sus padres se lamentaban, pero estaban llenos de ilusión por un día que sabían sería perfecto sin importar nada.

El escenario en la habitación de la novia minutos antes de la ceremonia era distinto. ¿Cómo voy a caminar con esta lluvia? ¿Y el vestido? ¿Y los invitados? Por momentos miraba hacia la ventana como deseando que por arte de magia la tormenta se disipara y de pronto saliera el sol.

Con mis parejas siempre insisto en que lo más importante no es el lugar de la boda, el cielo azul, el clima de ensueño, la preciosa decoración o la buena comida. Lo más importante de ese día tan especial son ellos y lo que ocurre. La familia reunida, los amigos, las risas y lágrimas. Y al final eso es lo que busco plasmar en mis fotografías.

Así que la lluvia no fue impedimento para una boda llena de emoción. Así fue como los invitados llegaron, sortearon el clima y esperaron a los novios. Así fue como nos divertimos en una breve, pero emotiva sesión de fotos y así fue como el día salió igual o mejor de lo que esperaban. Porque al final no importa lo que pase, lo más importante es pasárselo bien.

¿Qué hacemos con las fotos y la lluvia, Pablo? Pues ser felices. Que yo estaré allí para documentarlo.